Yanomami: Aprendemos con los grandes espíritus

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Para los yanomami de la Amazonia brasileña, el mundo de los espíritus es una parte fundamental de la vida. Cada criatura, roca, árbol y montaña tiene su propio espíritu.

Omama, nuestro creador, nos hizo pensar y hablar con el alma de la selva, con el alma de la montaña y con el alma de la luna, del sol y de las estrellas, explica el chamán Davi Kopenawa, que describe aquí cómo cuidan del mundo los chamanes yanomami.

Se cree que la palabra “chamán” tiene su origen en el pueblo evenk de Siberia. Sin embargo, los chamanes tienen un papel muy destacado en muchas sociedades indígenas. Normalmente son hombres y mujeres que se especializan en comunicarse con el mundo natural y sus espíritus; son personas con una percepción muy aguda de lo divino y lo intangible.

Los chamanes tienen muchos papeles distintos. A veces son sanadores y sacerdotes, otras son los guardianes de los rituales sagrados de sus pueblos, adivinadores del tiempo, interpretadores de sueños o almacén de conocimiento botánico.

Guiados por los espíritus (xapiripë) y la sabiduría de sus ancestros, los chamanes yanomami (xapiripë thëpë) pueden controlar las tormentas de truenos, los vientos. Evitan que el cielo se caiga y usan sus poderes para asegurar el éxito en la caza, curar enfermedades humanas y ahuyentar a los espíritus hostiles.

Los chamanes dan órdenes al sol y hacen que los espíritus hablen a la luna.

© Foto Claudia Andujar/Survival

Yo soy chamán de la selva y trabajo con las fuerzas de la naturaleza, no con las fuerzas del dinero o de las armas, dice Davi.

Nuestra sabiduría es diferente. Nuestro conocimiento es un conocimiento distinto.

Es la sabiduría de nuestros espíritus chamánicos, de la Tierra, que es muy importante para la supervivencia de la humanidad.

© Foto Victor Englebert/Survival

A través de los sueños y de los trances, los chamanes yanomami trascienden los confines físicos de sus cuerpos y los límites de la conciencia humana para interactuar con los xapiripë.

Nosotros los yanomami aprendemos con los grandes espíritus, los xapiripë. Aprendemos a conocer a los xapiripë, a verlos y escucharlos. Sólo los chamanes, aquellos que conocen a los xapiripë, los pueden ver, porque parecen humanos pero son tan pequeños como una mota de polvo, y brillantes como la luz.

Sus canciones son poderosas, y su pensamiento es muy claro.

© Foto Claudia Andujar/Survival

Los chamanes yanomami inhalan el polvo de yakoana, que se extrae de la corteza del árbol de la virola, para entrar en un estado onírico. El polvo se administra a través de un largo tubo horoma, tradicionalmente hecho del tallo hueco de una palmera.  Así hacemos a los espíritus bailar, dice Davi.

Hay muchos, muchos xapiripë, no sólo unos pocos, sino miles, tantos como estrellas. Algunos viven en el cielo, otros bajo tierra y otros en las altas montañas cubiertas de selva y flores. Llamamos a estos lugares sagrados “hutu pata”.

Cuando el sol está en lo alto, los xapiripë duermen. Comienzan a aparecer al anochecer.

Cuando nosotros dormimos, ellos bailan.

© Foto Claudia Andujar/Survival

Davi vio a los xapiripë por primera vez cuando era niño, y continuó viéndolos en sueños mientras crecía. Pero no fue hasta que se hizo adulto que pidió iniciarse como chamán.

Cuando inhalas por primera vez el polvo fabricado con el árbol de yakoana, los espiritus xapiripë comienzan a agruparse a tu alrededor.

Primero, oyes a lo lejos sus cantos de felicidad, ligeros como el zumbido de los mosquitos. Entonces empiezas a ver chispas de luz temblorosas que se elevan, y que provienen de todas las direcciones del cielo.

Gradualmente los espíritus se van desvelando, avanzando y retirándose en una lenta procesión.

© Foto Claudia Andujar/Survival

Los xapiripë descienden hacia nosotros con hilos tan finos como los de una telaraña.

Son hermosos, pintados con colores brillantes y con urucum (annatto).

Sus brazaletes están decorados con plumas de guacamayo y loro. Bailan maravillosamente y cantan de manera distinta. Existen melodías diferentes: el canto del guacamayo, el del loro, el del tapir, el de la tortuga y el del águila.

© Foto Claudia Andujar/Survival

Los xapiripë han bailado para los chamanes desde el principio de los tiempos, y continúan haciéndolo hoy en día.

Sus cabezas están cubiertas con plumones de halcón y llevan cintas negras hechas con rabos de mono y plumas de cotinga color turquesa en sus orejas.

Bailan en círculo, sin prisa.

© Foto Claudia Andujar/Survival

Para los yanomami, cada persona tiene una “imagen-esencia”, un doble llamado utupë, con la que está unida hasta la muerte.

Un utupë puede presentarse a sí mismo en forma de diferentes criaturas vivas, como un pájaro, un mamífero o un insecto. También existen espíritus de árboles, de cascadas y de la miel salvaje.

Uno por uno los espíritus llegaron. Los espíritus tucanes llegaron con sus enormes palos en las orejas y sus taparrabos rojos y brillantes, explica Davi. Las gentes colibríes llegaron y volaron a mi alrededor. Los espíritus de las ranas moka estaban allí y llevaban a sus espaldas aljabas cargadas de flechas. Y luego llegaron los espíritus del pecarí, las gentes de los murciélagos y los espíritus de las cascadas.

Mi alma empezó a brillar.

Todos vinieron y colgaron sus hamacas en mi pecho.

© Foto Claudia Andujar/Survival

Los chamanes yanomami también solicitan la ayuda de los xapiripë para curar enfermedades humanas, usando diversas plantas medicinales para tratar fiebres, dolores de estómago, dolores musculares y otras dolencias. Para diagnosticar y detectar enfermedades hacen falta años de experiencia como chamán.

Generalmente, cada enfermedad tiene su cura, excepto las enfermedades traídas por los foráneos, frente a las que los yanomami tienen muy poca inmunidad.

Si los xapiripë no existieran, nosotros no seguiríamos vivos. Los espíritus hostiles nos habrían devorado hace ya mucho tiempo. Ellos conocen las enfermedades que nos afectan. Ellos arrojan las enfermedades muy lejos, al inframundo.

Y así nos curan.

© Foto Claudia Andujar/Survival

Estando en comunión con los xapiripë y controlándolos, los chamanes yanomami no sólo protegen a su propia comunidad, sino también al resto del mundo. Davi cree que hacen falta muchos chamanes poderosos para controlar el planeta.

Nosotros, los chamanes, también trabajamos para ustedes, los blancos, dice. Nuestros chamanes saben que nuestro planeta esta cambiando. Conocemos la salud de la Amazonia. Sabemos que es peligroso abusar de la naturaleza y que cuando se destruye la selva, se cortan las arterias del futuro y la fuerza del mundo se evapora.

El cielo está lleno de humo porque nuestra selva está siendo talada y quemada. Las lluvias llegan tarde, el sol se comporta de manera extraña. Los pulmones del cielo están contaminados. El mundo está enfermo. La selva morirá si los blancos la destruyen.

¿A dónde iremos cuando hayamos destruido nuestro mundo?

Cuando el planeta quede en silencio, ¿cómo aprenderemos?

© Foto Claudia Andujar/Survival

La sabiduría de los xapiripë de los yanomami es antigua.

Hemos guardado las palabras de nuestros antepasados en nuestro interior durante mucho tiempo, y continuamos transmitiéndoselas a nuestros hijos, dice Davi.

Para que las palabras de los espíritus nunca desaparezcan.

Y su historia no tenga fin.

© Foto Claudia Andujar/Survival

Fuente: http://www.survival.es

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