Un paseo de kif por Chefchaouen

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No todo europeo que visita Marruecos pasa por Chefchaouen, o por Chaouen como se le llama comúnmente, pero los que van hasta allí sí suelen saber a qué van. Es un pueblo realmente encantador, exótico y bello, de unos 40.000 habitantes, a 50 km de la frontera. Es la capital de la región de Chaouen (de aquí que los franceses lo bautizaran como chef, “cabeza, capital”; Chaouen, “de la región de Chaouen”). Cuando llegué por primera vez, quedé maravillado de las paredes blanquísimas de este mágico lugar ubicado cual prefacio de las montañas del Rif, sierra muy variada que alcanza los 2.500 m. de altura y que prácticamente ocupa todo el arco mediterráneo del noroeste de Marruecos. Los portales de las casas de Chefchaouen están teñidos de un añil brillante y limpísimo, la gente es sencilla y afable y viste con los atuendos tradicionales (por desgracia en retroceso) a base de chilabas y turbantes. Durante los días semanales de mercado es habitual ver mujeres tocadas con gorros de paja que lucen adornados con grandes borlas de lana teñida de azul, también añil: son las rifeñas que bajan de las montañas a vender sus productos agrícolas y a adquirir lo necesario antes de regresar. Aquella primera vez (de esto hace ya años, más de 20) me pareció entrar en otro mundo. Realmente estaba en otro mundo, tan cerca de mi casa en Barcelona y tan distinto…

Entonces no sabía casi nada de la relación entre Chaouen y el famoso kif, kiffi o kiphy marroquí, esto que entre nosotros se llama marihuana o mariguana; que antes se llamaba popularmente “cáñamo”; que en términos botánicos se le denomina Cannabis sativa; y en argot callejero manzanilla, perejil, maría, pote, tila, hierba o gloria. Cuando llegué a Chefchaouen por primera vez sabía poco de la antigua costumbre de fumar kif, y, naturalmente, tampoco conocía gran cosa de las tradiciones relacionadas con ello y de la vida cotidiana de esta tranquila gente montañesa.

Pronto se descubre la importancia que tiene el kif entre los rifeños que habitan el norte de Marruecos. Al poco rato de haber llegado a Chefchaouen, sentado en la placita central y aún aturdido de tantos aromas, armonía y colorido local, lo primero que hizo un muchachito de la calle, quien sin duda percibió mi mudo desconcierto interior, fue arrastrarme literalmente hasta un rústico hotel llamado Granada (que hoy sigue recibiendo visitantes), sentarme en el banco de gruesa espuma adosado a la pared (elemento fijo en todas las casas marroquíes) e invitarme a fumar la cannabis: me dio a escoger entre una pipa de kiffi (los cogollos de la cannabis, donde hay más principio activo concentrado, mezclados con un poco de tabaco) o un cigarrillo de hachís (tabaco mezclado con la potente resina gomosa de la planta). Esta simple anécdota evidencia la importancia popular y tradicional de fumar kiffi en esta zona de norte de Marruecos; no es algo nuevo o de moda. No. El kif es uno de los principales elementos integrantes y básicos de la atmósfera y la cultura de Chefchaouen, de todo el Rif y de todo el Magreb: sirve para dar la bienvenida, para realizar tranquilas excursiones psíquicas, para animar las sonrisas de complicidad del grupo de contertulios o simplemente para regalarse un par de horas de placer.

Debe tratarse de una casualidad azarosa, pero realmente muy divertida, el hecho de que en la actualidad este pueblo marroquí mantiene un programa europeo de intercambio con el pueblo catalán de Vilafranca del Penedés: la ciudad marroquí es el centro del comercio de kif y la catalana del famoso vino del Penedés. En ambos pueblos la atmósfera tradicional está asentada en el comercio y consumo de una sustancia embriagante, ¡y hacen intercambios! (aunque, por desgracia, no del tema de los embriagantes: el que unos comercian y consumen afablemente resulta que está prohibido en la contraparte, y al revés. Realmente para reír: Dios -o Alá- los cría, y…). De la misma forma que para los occidentales el kiffi –o cualquiera de los productos embriagantes de la cannabis– es algo que hay que consumir a escondidas por razón de las arbitrarias prohibiciones que lo impiden, en Marruecos el consumo de bebidas alcohólicas sufre idéntico trato, si bien por razones religiosas, y los marroquíes que quieren consumir una lata de cerveza deben hacerlo a escondidas. Este es un chistoso hecho que despierta la comprensión a muchos occidentales: en cualquier lugar de Marruecos se puede fumar marihuana, en la puerta de un hotel, ante las narices de la policía, pero los marroquíes no pueden consumir una cervecita fresca en el caluroso verano… Es decir: exactamente la misma situación que en Occidente, sólo que a la inversa.

Tal vez debería explicar algo más sobre la naturaleza y uso tradicional del kif marroquí: como he dicho, el kiffi es la mezcla de cogollos y flores secos -la parte más psicoactiva de la Cannabis sativa hembra- con tabaco local. Se fuma en una pequeña pipa de arcilla y de larga boquilla de madera, llamada sepsi, que permite aspirar el humo del tabaco y la cannabis, el cual llega a la boca enfriado por el recorrido de la boquilla. Consumir kif es una placentera costumbre practicada especialmente por los ancianos rifeños (aunque ni mucho menos son los únicos en consumir) quienes suelen sentarse en los puestos donde sirven el famoso té con menta muy azucarado, el sha, pasando la tarde tranquilamente mientras fuman una o dos pipas de kif.

¿Para qué caramba toman kif? se pregunta mucha gente occidental. Pues bien, se podría decir que la característica más generalizada del efecto del cáñamo es la de proporcionar un estado de ensoñación, pero con el individuo despierto, lo que favorece con mucho la espontaneidad. Como dicen A. Hofmann y R. Evans Schultes en Las Plantas de los Dioses: “se recuerdan eventos olvidados desde mucho tiempo atrás y los pensamientos aparecen en secuencias sin aparente relación y con una cierta intemporalidad. La percepción del tiempo es la que sufre más variación, y a veces también el espacio se ve percibe alterado”. Al final suele darse una típica euforia, una cierta excitación y un mucho de paz y felicidad interior, ésta que a la mayoría de marroquíes les permite pararse sonrientes ante un forastero y preguntarle sobre su familia con afabilidad e interés. Entre los marroquíes, esta costumbre es estrictamente masculina, las mujeres no suelen fumar kiffi ni tabaco.

No hay que confundir el kif con lo que en Marruecos se denomina griffa, término para referirse a las hojas –no a los cogollos– de las plantas hembras de la cannabis: es la parte que se menosprecia (aunque no se desaprovecha) porque contiene poco THC, principio psicoactivo de la cannabis.

A pesar de centrarse el interés turístico en la ciudad de Chaouen, no es aquí donde se hallan las plantaciones de cáñamo, sino que este pueblo es sólo el centro del comercio de la marihuana y de sus derivados. Los campos de la cannabis están situados en las montañas, en Ketama.

¿De dónde procede la tradición de fumar la planta de Cannabis?

La relación entre el ser humano y la cannabis probablemente existe desde hace unos 10.000 años, es decir desde el descubrimiento de la agricultura en el Viejo Mundo. Se han encontrado restos de ella en lugares arqueológicos antiquísimos, por ejemplo en la cuna de la civilización asiática: en China hay restos que datan del 4.000 a.C. y en Turquestán se han hallado cuerdas de cáñamo del 3.000 a.C. No hay ninguna duda sobre el hecho de que su uso como planta fibrosa, medicinal y narcótica se extiende hasta la más oscura antigüedad, y gracias a los arqueólogos y a los palinólogos sabemos que no sólo se utilizaba, sino que además el cultivo del cáñamo ha sido uno de los primeros de la humanidad. Para resumir las múltiples aplicaciones que tiene este cultivo tan genuino y extendido, se podría decir que se dividen en cinco propósitos: de la planta del cáñamo se obtiene una fibra resistente y larga, apreciadísima en toda la historia de la humanidad para hacer cuerdas; también se extrae un aceite igualmente estimado; además, las semillas de cáñamo han sido usadas como nutriente por el ser humano; y por último, las propiedades narcóticas y terapéuticas han sido explotadas por prácticamente todos los pueblos del Viejo Mundo, Asia y desde hace menos siglos en África y luego en América, donde el cultivo fue introducido por los españoles e ingleses durante el período de colonización.

Como norma general puede aceptarse que los usos de las plantas por parte de la humanidad siempre proceden del más simple al más complejo, con lo que se podría presumir que lo primero que interesó de las matas de la cannabis fueron sus estimables fibras, pero por otro lado, ya la temprana tradición budista mahayana le reconoce otros fines místicos y sostiene que durante los seis pasos de la vía ascética que conduce a la iluminación, Buda vivió a base de una semilla de cáñamo al día.

El primer indicio seguro que se tiene del uso terapéutico del kif, se refiere al que hacía de él el emperador chino Shen Nung quien hace unos 5.000 años recomendaba el uso de la cannabis para combatir el paludismo, el beri-beri, los dolores reumáticos y constipados, los padecimientos femeninos, etc.

A pesar de ello, fue en la India donde este “regalo de los dioses” halló un uso popular más exhaustivo. Se decía que agilizaba la mente, prolongaba la vida, mejoraba el juicio, bajaba la fiebre, inducía sueños y curaba la disentería. Los vedas hindúes cantaron a la cannabis como a uno de los néctares divinos, capaz de otorgar al ser humano todo tipo de dones, desde salud y larga vida o visiones de los dioses, hasta fibras para facilitar el trabajo. El ZendAvesta, del 600 a.C., menciona la resina intoxicante, y los asirios mencionan el uso de la cannabis ya en el siglo IX a.C., en forma de incienso.

No es totalmente seguro su uso generalizado entre griegos y romanos, pero sin duda conocían los efectos psicoactivos de la cannabis: Demócrito cita que ocasionalmente se consumía con vino y mirra para inducir estados extáticos; Galeno escribe, hacia el 200 dC, que es común ofrecer marihuana a los invitados para favorecer la hilaridad y el disfrute.

Tampoco sabemos si los vikingos usaron cuerdas de cáñamo o no, pero hay evidencias inconfundibles de que el cultivo de Cannabis tuvo un enorme incremento en la Gran Bretaña desde el primer período anglosajón hasta el último período sajón y en tiempo de los normandos, entre los años 400 y 1.100 d.C.

El kif y el mundo islámico

Se cree que el lugar de procedencia de la cannabis fue Asia central, pero desde hace ya muchos siglos se esparció por todo el mundo, con excepción de las zonas árticas. Concretamente en África, se extendió desde tiempos remotos, fue rápidamente aceptada por las farmacopeas nativas y aunque al principio el hachís fue prohibido por el Islam, su uso se difundió a lo largo de toda Asia Menor.

De hecho, fueron los escritores persas y árabes los que ofrecen más información histórica sobre el antiguo consumo de la cannabis en África. Makrisi escribió sobre los placeres más extendidos entre los pueblos que habitaban Egipto, y especialmente sobre el placer de consumir kif. Este autor se refiere con sumo interés al fértil valle de Djoneina (hoy totalmente ruinoso), en el cual sitúa el escenario principal del consumo de hasheesha (de donde aparece la palabra “hachís”). También indica que el tratado más antiguo que él conoce en referencia a este consumo tradicional es el atribuido a Hassan, el cual explicaba el origen de esta costumbre con la siguiente historia: en el año 658 de la Héjira, el sheik Djafar Shirazi, un monje de la orden de Haider, aprendió a consumir la cannabis y supo la historia de su descubrimiento por boca de su maestro Haider. Este era el jefe y fundador de un grupo ascético de auto flagelantes instalado en una montaña situada entre Nishabor y Rama (aquí aparece de nuevo el origen más extendido de este consumo en la India). Durante diez años, Haider estuvo recluido en su monasterio sin abandonar el más duro ascetismo, hasta que un día de verano salió solo a dar un paseo por el campo. Cuando regresó llevaba impreso en su rostro un aire nuevo de diversión y de felicidad. Fue ansiosamente interrogado por los sorprendidos discípulos sobre su cambio. Entonces Haider les explicó que durante su paseo fue atraído por el aspecto de una planta que bailaba y parecía divertirse con el calor, en tanto que el resto del mundo vegetal estaba aletargado y apático. Decidió comer hojas de esta planta y entonces experimentó el mismo efecto excitante en sí mismo. Sus ascetas seguidores fueron y también comieron de la planta que Haider les indicó, produciéndoles la misma excitación. Según parece ser, la que acabó siendo la fórmula favorita de estos ascetas para complacerse en la vida, fue el consumo de una tintura a base de vino u otros licores alcohólicos con la cannabis macerada. El sheik Haider sobrevivió alegre por diez años más a su fabuloso descubrimiento y mantuvo la planta como la más importante del herbario. A su muerte, los discípulos plantaron una gran mata de cannabis sobre el sepulcro y fue así como los efectos espirituales del cáñamo se difundieron a través de todo el país de Korashan.

En el año 1.271 la ingestión de cáñamo era tan conocida entre los musulmanes que Marco Polo llamó la atención de los europeos sobre ello e incluso describió con detalle su consumo por parte de los integrantes de la orden secreta de los hashishins, los cuales lo usaban para experimentar las recompensas y placeres que, según ellos, se obtenían en la otra vida. En el año 1.378, las autoridades árabes trataron de acabar con la producción de cáñamo en todo el territorio islámico imponiendo para ello fuertes castigos, pero la cannabis se había extendido por toda África con suma rapidez y justamente gracias a la presión de la influencia árabe. Scheherazade habla de ello en las Mil y Una Noches (donde sí aparecen mujeres que contrastan los efectos de la cannabis). Así mismo, también fue pronto adoptada por parte del movimiento religioso sufí de los derviches seguidores de Mevlana, ya en el siglo XIV. Se acepta que otro camino de difusión del cáñamo en África fue por medio de los esclavos de Malasia.

En África septentrional es comúnmente conocida como kif, y como dagga más al sur, en el África negra. Así, no sólo hallamos gusto por el placentero consumo de kif entre los pueblos africanos musulmanes, sino que también se introdujo en las culturas de los pueblos autóctonos: los hotentotes, los bosquimanos y los kafires han usado durante siglos el cáñamo como medicina y como intoxicante de utilidades místicas. A pesar de esta introducción relativamente reciente, se han hallado especimenes de la cannabis de casi 4.000 años de antigüedad en exploraciones arqueológicas en Egipto.

En otro orden de cosas, y para acabar, los grandes productores tradicionales de la cannabis eran países asiáticos –de donde se supone que surgió la planta en estado silvestre– como Pakistán, Afganistán, Nepal y Tíbet, o países musulmanes mediterráneos (Turquía, Egipto, Marruecos y Líbano). De todos ellos, tan sólo Marruecos sigue produciendo grandes cantidades de marihuana para abastecer Europa, donde se calcula que hay unos diez millones de consumidores habituales, más los ocasionales. Esta enorme demanda de derivados embriagantes del cáñamo, y siendo Marruecos prácticamente el único país productor (la mayor parte del excelente hachís asiático se desvía hacia EE.UU. o Australia) ha llevado a que Occidente se inmiscuya en la política interna marroquí forzando la prohibición del consumo tradicional y afable de kif y obligando indirectamente al gobierno marroquí a crear auténticas fronteras interiores (en forma de controles policiales que casi nunca molestan a los extranjeros) para frenar el tráfico de la cannabis. ¿Qué sucederá cuando, al paso que vamos, los europeos anglosajones y germánicos, de más al norte, nos obliguen a los de más al sur a abandonar definitivamente el cultivo de uva destinada a elaborar vino o cava, y también su antiguo consumo porque se dice que actúa en detrimento de nuestra salud? Ay, dios mío…

Por: Josep Mª Fericgla

fuente: http://visionchamanica.com/

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